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miércoles, 18 de mayo de 2011

JULIA VELILLA LACONICH - EL REENCUENTRO PARAGUAYO-BOLIVIANO - UN ANHELO LARGAMENTE POSTERGADO / Honorable Gobierno Municipal de la ciudad de Sucre – Bolivia. 1994




EL REENCUENTRO PARAGUAYO-BOLIVIANO
UN ANHELO LARGAMENTE POSTERGADO
Excma. Embajadora del Paraguay en Bolivia
Honorable Gobierno Municipal
de la ciudad de Sucre – Bolivia. 1994




PRESENTACIÓN

La Dra  Julia Vellila Laconich, actual Embajadora del Paraguay en nuestro país, nació en Asunción y antes de ocupar esta alta función, fué Directora del Instituto Paraguayo de Estudios Geopolíticos y Relaciones Internacionales, miembro del Consejo Consultivo de la Asociación Sudamericana de Estudios Geopolíticos e Internacionales en Montevideo, Uruguay; Miembro de número de la Academia Paraguaya de la Historia; Vicepresidenta del Instituto de Investigaciones Históricas en Asunción del Paraguay; académica correspondiente de la Real Academia de Historia de España, y de otras similares de nuestra América. Un amplio curriculum como historiadora que le llevó a escribir en el año 1987 el libro PARAGUAY UN DESTINO GEOPOLÍTICO, documento que como muy bien afirma Don jerónimo Irala Burgos en el prólogo del mismo es una verdadera obra de tésis de las relaciones boliviano-paraguayas.
El REENCUENTRO PARAGUAYO BOLIVIANO: UN ANHELO LARGAMENTE POSTERGADO, es la transcripción literal de la conferencia dictada por la Excma. Embajadora de la República del Paraguay en Bolivia, la Dra. JULIA VELILLA LACONICH, quien estuvo presente para esta ocasión el en el salón de honor del Rectorado de la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca en el mes de julio de 1994.
Fué un pedido expreso de esta gran historiadora y diplomática paraguaya, el poder disertar en los salones de la más que tricentenaria Universidad, alma mater que dió la luz libertaria a América Latina.
La disertación abarca el recuento histórico desde los primeros habitantes de lo que hoy denominamos como Chaco hasta los entretelones de la contienda bélica entre nuestros dos países. Hace un recuento histórico para proyectarlo al presente y futuro de nuestros dos pueblos; hermanados hoy por una fluida relación cultural, económica
El Reencuentro PARAGUAYO BOLIVIANO: UN ANHELO LARGAMENTE POSTERGADO, resume las ponencias expuestas por su autora en su libro PARAGUAY: UN DESTINO GEOPOLÍTICO/1/, donde en forma clara y contundente se establece la necesidad de plantear la reactivación de URUPABOL. "Solos no podemos enfrentar con éxito el desafío del desarrollo y el poder abrumador de nuestros vecinos". "Los países que forman el URUPABOL están frente a estas alternativas: actuar libremente o subordinados a las influencias de turno".
En tiempos en que se articulan los mercados regionales, tal el caso del MERCOSUR, se hace indispensable la reflexión de la Dra. Julia Velilla para poder comprender los nuevos desafíos que presenta la globalización, la integración muy especial entre Bolivia-Paraguay y la consecución de los grandes emprendimientos de integración física como son la construcción de la carretera Transchaco, la Diagonal Jaime Mendoza y los sistemas integradores que darán vida a los corredores bioceánicos.
Ing. DANIEL ALVAREZ GANTIER


EL REENCUENTRO PARAGUAYO-BOLIVIANO

Es un axioma que una persona no puede desdoblarse o desarticularse en partes, dejando que sean las circunstancias las que dibujen el perfil de su personalidad. Por el contrario, desde los griegos se admite que el carácter es la marca o señal indeleble que unifica los rasgos morales, psicológicos e intelectuales que dan peculiaridad individual al ser humano. Esto evita la no contradicción lógica en el ámbito intelectual proyectando este mismo fenómeno al plano moral y ontológico, ni coherente. Este pequeño exordio tiene como objetivo explicar porqué me será imposible hablaros en mi doble condición de diplomática e historiadora, tratando vanamente de armonizar el impecable discurso de la lisonja propio de toda diplomacia refinada y la austeridad deshuesada del lenguaje histórico, atento antes a cumplir con la verdad que con las cortesías de las convenciones humanas. Cada intelectual en la función en que actúe tiene irremediablemente lo que los autores alemanes llaman Weltanschaung o cosmovisión de la cual no podrá abdicar o apearse salvo que quiera naufragar en el sumidero de la mediocridad.
Sin embargo, al esbozar este derrotero histórico, un itinerario diplomático, una exégesis bélica, no todo lo que decimos se adscribe a juicios de valor sino más bien está construido en base a juicios de existencia que son los que escogen los hechos mudos, el simple acontecer o el acaecimiento insoslayable. Además, debemos convenir que mucha de nuestra extensa historiografía no ha sido inmune al inficionamiento ideológico que, necesariamente, tiende a absolutizar lo que afirma o contravierte. Ello no obstante, no se puede ignorar un meridiano de objetividad en ciertos autores que se han cuidado en transitar el camino aristotélico, diseñado en su famosa prescripción que dice: virtus in medio est.
En tal sentido rescatamos la idea de Ortega de que si bien la historia no nos permite prever el futuro, por lo menos nos ayuda a no reeditar los errores del pasado. Desde esta perspectiva que no se filía necesariamente en el perspectivismo habremos de enfocar un tema de itinerario ríspido recorriéndolo con la ilusión no exenta de certeza que ha sido de simiente -tal vez dolorosa- de un porvenir mejor que no puede ser herencia de una futuridad abstracta, sino fruto de nuestro esfuerzo cordial..
Sesenta años de distancia es ya una buena perspectiva para analizar un acontecimiento infausto pero tan crucial en nuestras vidas como naciones, como lo fue la epopeya del Chaco y sobre todo para extraer de ella conclusiones que nos ayuden a enfrentar el porvenir.
En 1973 con motivo del bicentenario de la fundación de Villa Real de Concepción, nuestra principal ciudad norteña sobre el río Paraguay, y para una investigación realizada en esa oportunidad, consulté el Informe elevado al Rey en 1777 por el fundador, el Gobernador Agustín Fernando de Pinedo y Fernández de Valdivieso. Meditando sobre este documento he comprendido que él encierra la clave -intuída hace más de 200 años- de nuestro destino internacional. El fundador de la Villa Real, con cabal conocimiento de la geografía y con sentido premonitorio de la política, analizó las ventajas de la unión del Paraguay con el Alto Perú por Santa Cruz de la Sierra; y en forma magistral, enumeró detalladamente en aquel documento "el utilísimo efecto" que resultaría de esta vinculación, y los "ennumerables daños" que se evitarían con esta unión.
Así se despertó en mi interés en la investigación de tan apasionante tema. Escudriñemos juntos ese pasado.

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Nuestros ANCESTROS GUARANIES llamaban al Chaco "TIERRA DE LOS MBAYAES". Empero no eran sólo los Mbayaes los que habitaban el vasto erial chaqueño, sino muchas otras y distintas etnias. Era "un bolsón de toda clase de indios" diría Furlong, un "laberinto étnico" dice Cardozo. En efecto la planicie Chaqueña, herida por arbustos hostiles y filosos, daba cabida en su seno a numerosas e indomables tribus indígenas cuya única comunidad, según etnólogos y antropólogos, sería su origen racial pámpido australiano, lo que morfológica y lingüísticamente los diferenciaba de los guaraníes de la Región Oriental. Sus lenguas, por tanto, eran tan anárquicas como la autonomía y distribución de sus etnias. Por ello vivían en permanente enfrentamiento entre sí y también con los GUARANÍES que en el este le disputaban la posesión del río Paraguay. Guerreros feroces, cazadores y recolectores, vivían una etapa evolutiva homogable al correspondiente periodo paleolítico, cuya primitividad en vano los relativistas culturales se empeñan en negar. Singular topografía el Chaco, ha inspirado las más bellas descripciones como la de aquel escritor que la denomina "llanura con alma de montaña", describiéndola como "páramo ardiente cubierto de ásperas espartillares donde sólo crecer árboles de hojas ralas, en enconada soledad"
Se cree que en épocas remotas fue el fondo de un gran mar y así lo confirma la geología. Entonces como ahora, no tiene un sólo río navegable, pero los que lo bordean y otros de curso pequeño, en épocas de lluvia salen de madre y desparramándose por la planicie uniforme, anegan enormes extensiones que por largos meses se vuelven intransitables.
En ese Chaco, siempre calcinado por un sol inclemente "encontró la muerte el conquistador antiguo y el explorador moderno". Y ese mismo Chaco legendario "fatalidad geográfica que iba a torcer el brazo de hierro de la conquista", sólo fue vencido cuando sus sedientas tierras fueron regadas con la sangre mártir de dos pueblos hermanos.
Mucho tiempo antes de la conquista, los guaraníes conocieron de las riquezas de los Caracaraes que se hallaban allende el Chaco. Donde se ponía el sol estaban las agrestes serranías que parecían flotar entre las nubes y de cuyo seno brotaba plata y oro.
Desde la laguna de los Xarayes hasta el Bermejo, a todo lo largo del río Paraguay, tanto las tribus guaraníes como las ribereñas chaquences, tenían informaciones claras sobre las riquezas que existían más allá de la espesura inconmensurables del Gran Chaco.
Y ya aquellos antepasados indígenas intentaron reiteradamente, aunque sin éxito, atravesar y dominar el Chaco.
Para los quechuas, y más tarde los incas, el Chaco era solo lo que su nombre, de origen quechua indica: "Chacú", que significa coto o cazadero estatal. Nunca pudieron rebasar los límites de la cordillera y todo intento de ingresar en la zona tropical limítrofe fracasó. Nadie pudo, en puridad, ni incas ni guaraníes, vencer el Chaco para establecer nexos duraderos.
Pero "la noticia" de las fabulosas riquezas de los Caracaraes llegaron en los primeros años del siglo XVI en alas de las tribus errantes a oídos de unos náufragos de Santa Catalina y desde entonces la idea de la Sierra de la Plata comenzó a "flotar como un ensueño en la vaguedad azul del de las más vigorosas corrientes de la historia del mundo, tras el cual corrieron alucinados miles y miles de hombres blancos durante medio siglo". Alejo García, el descubridor del Paraguay, se lanzó en pos de "el dorado" por las rutas guaraníes denominadas "pe avirú", llegando por primera vez, desde el Plata y antes que los soldados de Pizarro, a Charcas.. Cuando regresaba con las manos llenas de oro y plata fue muerto por los indios. Sebastián Gaboto en 1527 desvió su ruta en pos de esa misma quimera y regresó a España fracasado. La ilusión hizo entonces presa en el corazón y la mente del Primer Adelantado del Río de La Plata, Don Pedro de Mendoza, y despertó el interés del Rey. Mendoza llegó a América en 1536 con un único propósito: hallar la ruta a las montañas de Plata. Envió por el río a Ayolas, y luego, en su busca, a Juan de Salazar, quien atraído por la belleza de la región y la espontánea hospitalidad de los naturales fundó en 1537 Santa María de la Asunción, nuestra ciudad Capital, para que sirviera de base a la unión del Plata con el Potosí. Siguiendo a Salazar, llegó Irala y luego Alvar Núñez, con el mismo objetivo de llegar a la Sierra.
Manuel Dominguez nos revela elocuentes estadísticas: "Desde 1536 a 1557 once veces los conquistadores intentaron llegar al Alto Perú. En ese empeño de vinculación y en el frustrado anhelo de dominar el Chaco, la Provincia consumió sus mejores energías. Para el Paraguay, desde siempre, el dominio del Chaco ha sido condición fundamental de su existencia. En el periodo colonial se efectuaron no menos de 116 expediciones. Todos los puertos, casi 600 leguas de orilla del río Paraguay, fueron exploradas con perseverancia incansable. Las entradas al Chaco - vacio casi mítico y misterioso-sólo podían realizarse hasta muy corta distancia de Asunción. El río Pilcomayo no era navegable. Como una ola que se estrella y vuelve a la carga incansable empuje, así el oleaje de la conquista contra esa margen derecha del río Paraguay en estéril y frustrante afán. La "ruta de la conquista", la del Alto Paraguay, la señalada por los guaraníes de Alejo García, era la única por la que podíamos comunicarnos con los Charcas.

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Desde al Ande surgieron parecidos empeños. Pedro Anzures, fundador de La Plata, se propuso atravesar en 1540 la cordillera de los Chiriguanos para llegar a la Provincia de los Juries y alcanzar el inmenso río. Diego de Robles, con su lugarteniente Juan de Garay, buscó salida para los Charcas hacia el río, cruzó el Chaco Austral, llegando hasta San Miguel de Tucumán, y a su muerte, Francisco Hurtado de Mendoza, quien lo reemplazó, salió hasta el río Paraná.
La Audiencia de Charcas, ya en 1566, y mucho antes también, buscó la salida de los minerales al río epónimo y la vinculación con la Provincia del Paraguay. Coincidía en que para dar salida al oro y a la Plata de Potosí y al de las otras minas del Alto Perú había solo una vía directa": por Santa Cruz de la Sierra al río Paraguay por el éste al Atlántico hasta España. Pero ningún intento de vinculación definitiva pudo afianzarse pese a todos los esfuerzos.

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Como resultado del fracaso de sus ilusiones los asuncenos iniciaron en el Río de la Plata la verdadera empresa colonizadora. En incomparable misión fundadora durante todo el siglo XVI Asunción jalonó de ciudades el inmenso perímetro de la Provincia Gigante de la Indias. Nueve ciudades, entre las que se destacan Corrientes, Santa Fé, Buenos Aires, son algunos hitos del empuje asunceno.
De Asunción también partieron los fundadores de Santa Cruz de la Sierra. El Gobernador Domingo Martínez de Irala confió a don Ñuflo de Chávez, "el hombre centella", la fundación de un pueblo entre los Jarayes. El intrépido capitán fundó Nueva Asunción en homenaje a la ciudad madre, el 1º de agosto de 1559.
Chávez disputó con Andrés Manso, quien venía procedente del Perú, el mejor derecho de sus posesiones, y el Virrey dividió las tierras entre los dos capitanes, asignando a Chávez la Provincia de Moxos y Chuiquitos. Pacificada la provincia, Ñuflo de Chávez fundó Santa Cruz de la Sierra el 26 de febrero de 1561. La fundación de Santa Cruz terminó trágicamente con la muerte de Ñuflo de Chávez. Fue el derrumbamiento de una empresa que hubiera podido crear nexos duraderos entre Charcas y el Guayrá.
También fracasó el altoperuano Juan Ortíz de Zárate, Tercer Adelantado del Río de la Plata, quien pese a sus esfuerzos no pudo afianzar dichos vínculos. A pesar de la maravillosa hazaña fundacional realizada, nada podía consolidarse. Parecería que un trágico lo impidiera.
En el siglo XVIII los misioneros reemplazaron a los conquistadores. De Charcas y de Asunción partieron los sacerdotes Zea, Patiño, Castañares, Niebla, Lizardi, Chomé y Pons con algunos éxitos. Pero casi siempre las osadas y estupendas hazañas terminaban en sangre, como pronunciando la tragedia.
La Revolución Comunera en el Paraguay (1717-1735) obligó a postergar los esfuerzos de vincular estas regiones, que a partir de entonces se frustró por varios años.
Sofocada la Revolución, la empobrecida provincia enclaustrada aún más con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, tuvo que batirse sola contra el acoso del indio, contra la ceguera de la Metrópoli, contra los portugueses del Brasil y contra el espíritu porteño de Buenos Aires.
La creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 había determinado el progreso del puerto de Buenos Aires convirtiéndola en poco tiempo en una de las principales ciudades de la América española. Acumuló riquezas, monopolios, privilegios, aspirando a ejercer hegemonía en el resto del Virreinato. Este "espíritu porteño" provocó la desintegradora resistencia de las provincias interiores y al producirse la independencia, fue la causa de la segregación del Paraguay, Uruguay y Bolivia del antiguo Virreinato, estupendo conglomerado geopolítico cuyo potencial hubiera podido contrapesar en la balanza a la poderosa Confederación del Norte.
Obligado a un sacrificio superior a sus propias fuerzas, el Paraguay vivió necesariamente de espaldas al Chaco y al Alto Perú. En el Chaco la vida para el blanco y para el mestizo se hizo casi imposible. Hubo una sola excepción: Fuerte Borbón, hoy Puerto Olimpo, centinela inconmovible dé nuestra soberanía. Todos los pueblos se fundaron en el margen izquierda del río y la provincia apenas subsiste lánguida y pobremente hasta la gesta libertadora de 1811.
La decisión paraguaya, expresada en la nota dirigida el 20 de julio de 1811 a la junta de Buenos Aires, de no querer "cambiar unas cadenas por otras ni mudar de amo", explicitaba ya el claro espíritu independentista que se había vigorizado en las victoriosas batallas ganadas al general Belgrano en Paraguarí (19 de enero) y Tacuarí (9 de marzo de 1811). En esa misma nota el Paraguay propuso la idea de una Confederación de Estados de América que según el Dr. Cardozo y el ilustre romanista contemporáneo Pierángelo Catalano madrugó los ideales pioneros de otros próceres americanos. "La confederación de esta Provincia - dice el histórico texto- con las demás de nuestra América y principalmente con las que comprendía la demarcación del antiguo Virreinato, debía ser de un interés más inmediato, más asequible y por lo mismo más natural, como de pueblos no sólo de un mismo origen, sino que por el enlace de particulares y recíprocos intereses están destinados por la naturaleza misma a vivir y conservarse unidos". Era pues nuestra vocación primigenia nacer integrados para resguardarnos mutuamente de los peligros que se cernían sobre el sub-continente en la mira del colonialismo.
Buenos Aires, en base a sus pretensiones hegemónicas de puerto clave del Río de la Plata, desoyó estos clamores como habría de ignorar el sueño artiguista, permitiendo una segregación de territorios que la lucha fratricida de más de medio siglo no pudo evitar, pero que bien pudiera haberlo hecho una sabia diplomacia. Confinado el Paraguay en lo que bien podría llamarse el "autismo geográfico" de su mediterraneidad, el talente de frustrado americanista que fue el Dictador Francia lo hizo espectador pasivo del proceso global de emancipación americana.

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Las incursiones brasileñas en el Alto Paraguay, durante el siglo XVIII, habían producido la pérdida de nuestro litoral norte, único camino -como hemos visto- y llave de una encrucijada geopolítica por el que podía realizarse la vinculación con el Alto Perú. En el Paraguay existía plena conciencia de las ventajas recíprocas que podían derivarse de este acercamiento y por mucho tiempo ese ideal permaneció latente y fue una constante de nuestra política.
Mariano Antonio Molas, uno de los adalides de nuestra revolución de independencia expresaba la necesidad de que se realizaran "poblaciones en el Chaco" para facilitar el comercio con el Alto Perú".
El Dictador Francia en nota enviada el 8 de junio de 1829 al delegado de Itapúa, al reclamar enérgicamente nuestro litoral hasta Jaurú, manifestaba:
"La República del Paraguay necesita de la navegación de su río hasta esas alturas para poder comerciar con la provincia de Santa Cruz de la Sierra, comercio que es de interés no sólo del Paraguay sino también de la República boliviana de la que es parte la referida provincia".
Sin embargo, el espíritu supersensible del Dictador Francia, tanto en el trato que él creía merecer, como y sobre todo, para el tratamiento que él exigía para la República lo llevaron a rechazar, en dos oportunidades a enviados bolivianos.
A la muerte del Supremo creció el interés de establecer comunicaciones directas con Bolivia. En nota enviada a esta Nación el 28 de diciembre de 1842 por el Gobierno consular que lo sucedió, comunicándo la ratificación de nuestra independencia se dice: "El Supremo Gobierno, desea que V.E. se interese como sea posible, no solo en que los de Santa Cruz de la Sierra abran de nuevo sus especulaciones contra nuestras fronteras sino que la República de Bolivia, nuestra amiga y hermana, establezca por donde le parezca a mejor, sus especulaciones con esta República".
Esta nota fraternal expresa con meridiana claridad el pensamiento del Gobierno consular.
En su mensaje al Congreso el Cónsul Carlos Antonio López, quien pronto asumiría la presidencia de la República del Paraguay, consignaba que el mismo había "autorizado el gobierno infraescrito para emoezar en su oportunidad la población del Chaco, entre los límites que corresponde a esta República para abrirse rutas mercantiles con la República de Bolivia".
El Poder Ejecutivo y el Congreso boliviano abundaron a su vez en conceptos de cordialidad, de efecto y amistad para la nación paraguaya. Bolivia fue el primer país en reconocer nuestra independencia. El 24 de junio de 1843, el Presidente de Bolivia, General José Ballivián, en nota dirigida a los cónsules, decía:"Bolivia que ha sido la primera en apresurarse a este reconocimiento, desea serlo también en cultivar con la nueva República aquellas relaciones íntimas con que la naturaleza brinda a entre ambos países". Los anhelos y buenos deseos eran recíprocos.
La pérdida de nuestro litoral hasta el Jaurú, que representaba la pérdida del principal camino de acceso al Alto Perú, hizo no obstante muy difícil la vinculación.
En efecto, hacia 1844, el Presidente Carlos Antonio López, prefiriendo alejar la vecindad brasileña del río Apa para resguardar las espaldas de Borbón, exigió que la frontera llegase al río Blanco y renunció a exigir que la devolución de los territorios de Matto Grosso y Cubayá hasta el Jaurú, que el Paraguay venía reclamando.
Sólo la guerra puso fin a las cuestiones de límites con el Brasil. Una triple alianza enfrentó al Paraguay. En medio de la vorágine de la guerra, el Mariscal Presidente Francisco Solano López planteó con gran visión de estadista una nueva vinculación con Bolivia. El trágico final impidió la realización de su política pero sus propósitos quedaron patentizados en documentos y actitudes concretas, que citaremos sucintamente.
Iniciadas las hostilidades de la guerra de la Triple Alianza, fuerzas paraguayas recuperaron el territorio ocupado por los portugueses al norte y re establecieron el camino que podía comunicarnos con el Alto Perú.
Fueron los soldados paraguayos del Coronel Hermógenes Cabral, jefe de las fuerzas del Alto Paraguay, los que abrieron el camino de Corumbá a Santo Corazón, en demanda de la lejana Santa Cruz de la Sierra, girón de la patria boliviana tan cara a nuestros corazones por razones históricas y simpatías multicentenarias. La aparición de fuerzas paraguayas fue recibida con satisfacción por el gobierno y pueblo boliviano.
A su vez, en 1864 el Gobierno del Altiplano había otorgado a la "Campaña Progresista de Bolivia" una concesión para abrir un camino desde Santa Cruz por Chiquitos hasta el Paraguay. La empresa contó con la decidida cooperación de las tropas paraguayas. Esta ayuda era aprobada por el Mariscal López, a quien se comunicaban detalladamente los proyectos. Para asegurarse ese apoyo los enviados bolivianos José Flores y Elías Sánchez se entrevistan con el Ministro paraguayo Luís Caminos. El resultado de esas gestiones se registra en la nota que el Ministro de Relaciones EXteriores José Berges cursó a dichos enviados en 5 de mayo de 1866. He aquí el documento:
"El Gobierno paraguayo -reza la nota- tiene el decidido empeño de facilitar a Bolivia, por cuantos medios estén a su alcance, una vía comercial con el mundo y lejos de poner embarazo en su territorio a la continuación de la vía que ustedes han abierto con el inocente propósito de un comercio, no desea sino tener los datos necesarios para ofrecerles el auxilio de brazos paraguayos y puntos de seguridad para el tráfico en el desierto, porque necesariamente ha de pasar en el trayecto por territorio paraguayo para llegar el río Paraguay en el Puerto Olimpo, o en cualquier otro punto de la costa".
El pensamiento del Mariscal López, reiterado en los días más álgidos de la desigual guerra del 70, tiene grandeza. El anhelo boliviano de usar el río Paraguay para su comercio fue hallado legítimo, y aún conveniente, no como el reconocimiento de un derecho territorial -derecho paraguayo cuya reserva expresa se apresuró el Mariscal a resguardar- sino como la expresión de una necesidad económica, geopolítica y como un deber fraterno de dar salida al río epónimo, por territorio paraguayo, al pueblo boliviano.
Una prueba más de la voluntad de López es el decreto del 22 de febrero de 1867 por el que se establecen franquicias para el comercio con Bolivia y se anuncia el proyecto de construir un ferrocarril desde el río Paraguay hasta el interior de aquel país. En medio de una guerra mil veces injusta y maldita que lo arrasaba todo, López proyecta construir ferrocarriles! El Chaco por fin habría sido vencido!. El estadista sabía que la civilización sigue a los rieles, y pensó hacer, ya entonces, exactamente lo que muchos años más tarde hicieron los norteamericanos para descubrir y poblar el oeste. Este decreto convertía a Corumbá en puerto franco para Bolivia. He aquí la gran solución para nuestros problemas. Entonces y antes de la guerra del Chaco, y también ahora, un puerto franco para Bolivia en el Litoral paraguayo era y es la gran solución para los dos países.
Sabía el gobierno del Paraguay que el único y poderoso vínculo para estrechar relaciones cordiales entre los pueblos era, y es el intercambio económico y cultural con recíprocos beneficios. Y la vertebración de estas regiones que hubiera evitado la guerra sólo podía lograrse en los términos que proponía López.
Pero la grandeza del pensamiento del Mariscal no fue solo convenientemente valorada. Es cierto que a la amistad de López y el Paraguay, Boliviares- pondío durante la guerra de la Triple Alianza con enaltecedora actitud y Melgarejo ofreció su ejército y su territorio para defender como nosotros la soberanía del Paraguay. Y después de Cerro Corá una modesta población boliviana "cuyo nombre en tierra guaraní se pronuncia todavía con gratitud", Santo Corazón, fue para muchos paraguayos asilo y refugio. Allí nuestra bandera "hecha jirones" flameaba en la plaza de la ciudad, al lado de la boliviana, recordando que el Paraguay no había muerto.
Al terminar la contienda los aniquiladores de los que Darcy Ribeiro llamó el "primer proyecto de desarrollo autonómico latinoamericano" no espera ron el resurgir de fénix de una nación casi totalmente arrasada. Pero el fenómeno se produjo, si bien a alto precio, pues los bienes del Estado -particularmente sus ricas y extensas tierras y yerbales- pasaron a mano del capital extranjero. Fueron reconstructores del país en su mayoría niños, mujeres y ancianos, así como restos del ejército de la epopeya que habían sobrevivido a la hecatombe, junto a muchos exiliados que se sumaron a la magna tarea con las luces y las sombras de la opción política que signó sus vidas y sus destinos. El Mariscal López, imbuido de lo que Max Weber enunció como "moral de la conciencia" o "ética de la convicción", había sacrificado demasiado en aras de una coherencia ideal y personal muy loable que, sin embargo, para nada consultó las consecuencias de su actitud, que desde la "ética de la responsabilidad" se vuelve demás difícil y penosa comprensión. Sea como fuere, víctima de su ideología romántica, tradicionalista, sentimental y nacionalista, el viejo Paraguay sucumbió con dignidad en Cerro Corá quedando también allí enterrada la ingenua sumisión frente a todo despotismo de tipo irrecusablemente omnímodo.
El periodo de 1870-1880 fue fatídico para Paraguay y Bolivia por la guerra de la Triple Alianza y del Pacífico, respectivamente. Ambos acontecimiento se inscriben entre los antecedentes de la guerra del Chaco.
Aislados intentos de aproximación siguieron intentándose sin embargo. El último fue la expedición encabezada por el potosino Daniel Campos en 1883, que postrado y vencido por el Chaco tuvo que ser socorrido desde el Paraguay. Los expedicionarios, generosamente atendidos por el Gobierno de Bernardino Caballero, recibieron también una clara lección de la historia y una advertencia: fraternalmente, todo se podía lograr del Paraguay; por la conquista y la fuerza, jamás se podría obtener el sometimiento.
Pero ...i cuan ciegos son los hombres! El camino que se iba a elegir sería lastimosamente el que desoía esa advertencia.
Tres razones principales a nuestro criterio llevaron a Bolivia por ese camino: el tratado de 1867 por el que Bolivia cedió al Brasil su acceso al río Para guay; la guerra del Pacífico, por la que perdió su acceso al mar y quedó reducida a la mediterraneidad, y la pérdida del Acre, protocolizada por el Tratado de Petrópolis (1903), que excluye a Bolivia del acceso fácil y cómodo al Amazonas.
Consignemos algunos antecedentes que aclaren nuestras afirmaciones:
Por el Art. 16 del Tratado Secreto, se convenía en despojar al Paraguay -para asignar a la Argentina todo el Chaco hasta la Bahía Negra. Para el Brasil, este acuerdo "no era más que una promesa hecha en un momento difícil y apremiante, para contar con un aliado decisivo", afirma Marco Antonio Laconich. La sección de Negocios Extranjeros del Consejo de Estado del Brasil en fecha 30 de noviembre de 1865 ya define la política a seguir: después de someter al Paraguay, los Braganza apoyarían a Bolivia en sus pretensiones sobre el Chaco, tanto para contrarrestar y anular las concesiones hechas a la Argentina, cuanto para seguir que Bolivia le cediera la margen derecha del río Paraguay que ambos disputaban.
Así, a petición expresa del Brasil, los plenipotenciarios que suscribieron el Tratado de la Triple Alianza intercambiaron las notas reversales del 12 de mayo del mismo año por el que reconocían derechos expectativos a Bolivia sobre algún territorio de la margen derecha del río Paraguay.
Hasta la liquidación de la Alianza, como hemos visto, el problema ente Paraguay y Bolivia solo había sido este: el anhelo justificado, por la necesidad que tenía Bolivia, de conseguir un Puerto seguro, con posibilidades de navegación permanente, en el río Paraguay, para comunicarse con el mundo y desarrollar el Oriente Boliviano. Este deseo boliviano fue hallado justo y conveniente por los gobernantes paraguayos, y muy particularmente por el Mariscal López, quien no opuso obstáculos para dar un puerto sobre el río epónimo a la hermana República de Bolivia, en y por territorio paraguayo, sin renunciar a nuestra soberanía, "ya sea en la Bahía Negra o al Sur" o por donde estime conveniente este País", según lo consignado por López en la nota que mencionamos anteriormente.
A la luz de todos los antecedentes históricos y diplomáticos, Paraguay, Brasil y Bolivia, aparecían hasta entonces en perfecto acuerdo sobre un hecho real, probado e incontestable: la Bahía Negra era el hito septentrional de la posesión paraguaya sobre el litoral oeste del río Paraguay con dominio y soberanía mantenida constante y públicamente, antes y después de la independencia. No existe documento alguno emanado de la diplomacia imperial, que revoque los múltiples reconocimientos de la posesión paraguaya hasta la Bahía Negra.
Sin reparar en estos antecedentes, al hacerse público el Tratado Secreto, hallamos al Imperio impulsando a Bolivia para que actúe como tercerista de dominio, alegando derechos sobre el Chaco, y presionando a la Argentina para que suscriba reversales que salven dichos derechos.
En ese sentido se expresaban eminentes estadistas brasileños como Pimenta Bueno, Tavares Bastos, Pereira Pinto y hasta el propio don Pedro II, quien en carta de 30 de mayo de 1869 al Barón Cotegipe le dice: "a condición del arrasamiento de las fortificaciones es importante y conviene que Bolivia sea también ribereña del río Paraguay en esa parte (Chaco) para que más fácilmente se mantenga libre la navegación".
Gracias a la indudable habilidad de sus diplomáticos, Brasil había obtenido de Bolivia el tratado de 1867 que señalaba sus nuevos límites, desde el Otuquis hasta las lagunas Cáceres, Gaiba y Mandioré, que la alejaban de la ribera del río Paraguay, iniciando así el enclaustramiento que sería completado luego con la Guerra del Pacífico.
Desplazáronse de esta manera hacia el sur de la Bahía Negra las pretensiones bolivianas, Paraguay y Bolivia comenzaron a enfrentarse por pertenencia del gran desierto. Recién entonces Bolivia reclamó como propiedad el territorio comprendido entre Bahía Negra y el Pilcomayo, con las funestas consecuencias con que culminaron en 1932.
En el tratado de Petrópolis que puso fin al conflicto del Acre, Bolivia consiguió que el Brasil le devolviera una zona de seis kilómetros sobre el río Pa raguay, que le pudiera permitir una salida al Atlántico. Pero era evidente que en dicha zona no podía levantarse un puerto ni siquiera de insignificante importancia, más que a un costo exorbitante. Bolivia por tanto se vería compelida a buscar otra salida.
El Paraguay siguió considerando con simpatía y comprensión las necesidades bolivianas. Los primeros tratados de límites, firmados en 1879 y 1894, fueron negociados bajo el signo de la amistad y las buenas relaciones vecinales; Bolivia alegó sus necesidades y apeló a la generosidad de su vecino. El Paraguay la escuchó.
Lamentablemente al vaivén de la política interna del Altiplano, poco a poco se acentúo una política irredentista, inspirada en el cedulario real y "nacida de reveces pasados", que clamaba por romper el cerco que le imponía el Paraguay para su libre acceso al río.
A medida que las pretensiones bolivianas crecían, fueron endureciéndose las posiciones paraguayas. En lugar de un entendimiento se iba a la ruptura, aún sabiendo que este tipo de actitudes estaba llevando a ambos países a un final previsto como si fuese una tragedia griega.
Bolivia fue ensanchando sus demandas en la medida que crecía el fanatismo nacionalista. Se crearon numerosos fortines. La penetración se hizo cada vez menos solapada y más provocativa.
Pero por qué tomó cuerpo este lamentable desvio? Es una pregunta que alguna vez la historia debe responder. Eusebio Ayala, Presidente del Paraguay durante la Guerra del Chaco, decía: "Desgraciadamente, en cierta parte de la opinión pública de nuestro país se exhiben, con la carátula de patriotismo, intransigencias prematuras y teorías contrarias al espíritu de concordia y de buena armonía que debe, en todo tiempo, inspirar nuestra conducta internacional". Y continúa: " lo que no es concebible es que el Paraguay, país mediterráneo y dependiente de sus vecinos para mantener el intercambio con el mundo, proclame la clausura de otro Estado, igualmente sin acceso al mar".
Pese a estos lúcidos aunque ya aislados llamados a la cordura, la atmósfera bélica fue envolviendo cada vez más a ambos pueblos, como una trampa que segura e inexorablemente se iba cerrando en su contorno.
En Bolivia faltaron estadistas que se empeñaran en llegar a un acuerdo pacífico. Por el contrario, el conflicto se usó como bandera política que envenenó el alma del pueblo. En el Paraguay ya no se encontró un resquicio para plantear las cosas, no como un problema territorial sino esencialmente político: la necesidad boliviana de un puerto seguro por territorio paraguayo sobre el río y la conveniencia que para el Paraguay podía tener la exportación de la producción boliviana, especialmente el petróleo, por ese mismo puerto.
Un viejo y heredado pleito de fronteras, originado en los imprecisos límites coloniales, y agudizado por influencias extrañas, nos fue llevando a una situación cuyo desenlace sólo podía ser la guerra. A la luz de nuestras informaciones tenemos que pensar que si el litigio se hubiese planteado en términos razonables y convenientes; si las influencias corrosivas y revulsivas, nos hubiesen permitido enfocar el problema en que sus justos límites, la guerra no se habría producido.
Pero especular sobre lo que no fue, es un condicional contrafáctico que conduce al conocimiento inútil, en el que no deseo caer, atendiendo la razonable recomendación de los epistemólogos.
Al concluir la guerra, el día fijado para el armisticio, las tropas paraguayas fueron instruidas para guardar una prudente expectativa. El Comando Boliviano prohibió a las tropas "toda relación con el enemigo".
Ni los paraguayas escucharon el consejo de prudencia, ni los bolivianos obedecieron la prohibición. Los combatientes esperaron el final del duelo de artillería para alzarse en sus respectivas trincheras y estrechar en un fraternal abrazo al adversario de la víspera. A pesar de que habían combatido con singular fiereza no se sentían enemigos. Al respecto existen anécdotas realmente conmovedoras, como la que hace muy pocos días nos refiriera de la primera mano don Roberto Querejazu Calvo, excombatiente de la Guerra y autor de uno de los clásicos de la literatura chaqueña, "Masamaclay".
La guerra provocó tanto en el Paraguay como en Bolivia profundas transformaciones. Los excombatientes del Chaco exigieron e impulsaron las urgentes reformas que dieron a ambos países una nueva fisonomía y una nueva orientación. Serias convulsiones sociales nos llevaron a sangrientas revoluciones, que demandaban los grandes cambios en cuya consecución aún estamos empeñados.
La influencia de los exprisioneros de guerra, militares y civiles fue definitiva en los gobiernos de Busch y de Villarroel. Con clara conciencia del rol internacional que podían jugar Bolivia y el Paraguay, simultáneamente con las negociaciones entabladas en la Conferencia de Paz del Chaco, Bolivia buscó acuerdos directos que pudiera interesar al Paraguay.
Cuando asumió la presidencia de Bolivia el Teniente Coronel Busch, se organizó en el Ministerio de Minas y Petróleo, una Comisión de Estudio para elaborar un plan que sería más tarde una propuesta al Paraguay tendiente a la construcción de un oleoducto hasta el Río Paraguay y una refinería para petróleo.
El Ing. Guillermo Mariaca Presidente de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, viajó al Paraguay en 1939, para negociar el acuerdo.
Los objetivos de la misión Mariaca eran el tendido de un oleoducto transchaco y la instalación de una refinería en Asunción o frente a la Capital.
Después de las negociaciones, se firmó el contrato ad-referendum entre el Poder Ejecutivo del Paraguay e YPFB. Las muertes trágicas de Busch y del General José Félix Estigarribia, quien entonces ejercía las funciones de Presidente de la República, interrumpieron la ejecución de las obras proyectadas.
A fines de 1939 volvieron a suscribirse otros acuerdos, referentes a cooperación intelectual, al canje de publicaciones oficiales, a la construcción de una vía de comunicación terrestre que uniera a los dos estados y a la creación de un servicio permanente de aviones de pasajeros y correspondencia entre las ciudades de La Paz y Asunción.
El 28 de marzo de 1940 se firmaron más acuerdos, sobre reconocimiento del Estatuto territorial vigente y desarme moral, derechos de propiedad privada del Chaco, exposiciones industriales y artísticas y comunicaciones radiotelegráficas.
El 16 de noviembre de 1943, durante la entrevista de los Presidentes de Bolivia y Paraguay, Peñaranda y Morínigo, en Villamontes se suscribieron varios convenios en los que se acordó: 1ro. Constituir una Comisión Mixta que estudie la construcción del oleoducto a través del Chaco; 2do. Realizar la construcción de una carretera; y 3ro. Buscar la cooperación internacional y "prestarse recíproca colaboración para que sea resuelto el problema de mediterraneidad".
Un mes después retomaba el Gobierno de Bolivia el mismo grupo nacionalista que había llevado al poder a Busch. Una de sus primera disposiciones fue la de restituir la entidad Estatal YPFB a sus fundadores, Jorge Lavadenz y Guillermo Mariaca, quienes recibieron la misión de actualizar con el Paraguay los acuerdos firmados en 1939.
En 1945 viajaron a Asunción Villarroel y varios de sus Ministros para reiniciar gestiones en procura de un oleoducto y la instalación de una refinería; pero ya no hallaron ambiente.
Posteriormente se fueron suscribiendo otros acuerdos, como el firmado por el Canciller Sánchez Quell y el Embajador Monrroy Block, sobre Modus Vivendi Comercial Fronterizo, destinado a obtener de su observación y experiencia las bases para un convenio más amplio entre ambos países.
Nuevamente el 21 de diciembre de 1956, Bolivia y Paraguay suscribieron un convenio sobre oleoducto y abastecimiento de petróleo boliviano al Paraguay. Dicho acuerdo alude también a la construcción de un oleoducto, y dice que el Paraguay dispensará facilidades para esa construcción, de   acuerdo con los términos del Tratado de Paz, Amistad y Límites de 1938.
En 1962 se firmó un nuevo convenio de Unión Caminera, en el que los dos países se comprometieron a unir sus respectivas redes viales mediante la construcción de un camino que debía conectar Asunción con La Paz. Al mismo tiempo se concluyó un Convenio sobre cooperación en Materia Fluvial, que estableció mecanismos para el intercambio de informaciones y previa la realización de acciones conjuntas en el marco de la Cuenca del Plata.
Diez años después, en 1972 durante la visita del Presidente Bánzer a Asunción, fue creada la Comisión Mixta Permanente Paraguayo-Boliviana de Coordinación, con el propósito de concretar en hechos positivos los acuerdos... y atender a los asuntos específicos de orden bilateral. No obstante la Comisión Mixta en catorce años sólo celebró dos reuniones.
Varios de los documentos que hemos mencionado, por no decir todos, tiene apariencia de "cinismo legislativo", es decir ponen en evidencia lo que se pacta, y ocultan lo poco que se está dispuesto a cumplir".
Con cuánta razón la prensa paraguaya decía en 1974, que en:"Paraguay y Bolivia no realizan hasta ahora intercambio comercial alguno ni mantiene ninguna otra forma de relación económica. Por absurdo que ello pueda parecer, tratándose de países con centenares de kilómetros de frontera común, ésta es la realidad."
Había transcurrido más de medio siglo de aquella infausta guerra y las relaciones de nuestros países seguían empantanadas en la inacción y casi en una indiferencia suicida.
En Paraguay y en Bolivia surgieron entonces voces aisladas que reclamaban un cambio de actitud. Personalmente me había dedicado con ahincó al estudio de nuestras relaciones y como el apasionante tema contaba con la convicción y solidaridad absoluta de las destacadas personalidades que integraban el Instituto Paraguayo de Relaciones Internacionales y Geopolítica, que en ese momento presidía, desde su seno nos propusimos vencer el estancamiento oficial de nuestras relaciones buscando un entendimiento directo entre intelectuales bolivianos para romper el hielo. El gran artífice era el eterno peregrino de estos sueños el Dr. Gustavo Chacón.
La feliz visita a Asunción del Dr. Alberto Crespo Rodas, permitió unir las voluntades de ilustres altoperuanos que en Bolivia compartían nuestras ideas y esperanzas. Se iniciaron los contactos y se programó un importante encuentro. Con el auspicio conjunto de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Diplomáticas de la Universidad Católica de Asunción (muchos de cuyos profesores eran miembros de nuestro Instituto), se invitó a cinco calificados exponentes de la inteligencia boliviana para un encuentro en nuestra capital. Fueron ellos: el Prof. Dr. Gustavo Medeiros Querejazu, el Prof. Dr. Edgar Camacho Omiste, el Prof. Dr. Alberto Crespo Rodas, el Prof. Dr. Marcelo Terceros Bánzer y el Prof. Dr. José Luís Roca.
Todo el arsenal preparado para convencer a los visitantes, fué innecesario. En el mismo aeropuerto, y desde el primer momento que nos conocimos con los bolivianos y las distinguidas damas que los acompañaban, se produjo una explosión de efusiva amistad y comprensión. Las escenas de franca cordialidad y afecto, me recordaron lo que los guerreros del Chaco atestiguan: "Cuando el armisticio, firmado en Buenos Aires, abrió el horizonte de la paz, los soldados y oficiales de ambos países, pese a las precauciones y prohibiciones de sus Comandos, salieron de sus trincheras para confundirse entre lágrimas de esperanza, en estrecho y fraternal abrazo".
No habían luchado paraguayos contra bolivianos. Dos pueblos niños habían defendido lo que creían suyo en base al confuso Cedulario Real que, como en muchas partes de América, ofrecía toda clase de pruebas para alegar mejores derechos. Nuestros pueblos eran como dos adolescentes que pelean por un juguete, que creen de su propiedad, para terminar comprobando que la riña que los distanció, debía olvidarse porque sólo como hermanos y juntos, deben enfrentar la vida y el destino.
Así fue el encuentro con aquellos doctos profesores y experimentados diplomáticos, elegidos para visitar Asunción, no sólo en base a sus capacidades personales, sino también porque ellos y sus esposas eran originarios de diferentes regiones de Bolivia, egresados de universidades distintas y militantes de diferentes partidos políticos. Igual contrapartida ofrecían los miembros del Instituto y la Universidad en Asunción.
Cuando regresó del Paraguay, mi querido amigo, el ex-Canciller Gustavo Medei ros, con su reconocida autoridad moral, refiriéndose a su viaje a Asunción, decía en el Diario "Ultima Hora" de La Paz: "La sorpresa mejor y más agradable, es la cordialidad del paraguayo, el gesto abierto y amplio hacia el visitante, una obsequidad sin doblez ni tapujos, especialmente con respecto a los bolivianos a quienes se trata de convencer que la Guerra del Chaco es definitivamente Historia y añade: "En Bolivia suele creerse que el pueblo paraguayo abriga sentimientos de revancha y que su gobierno tendría planes expansionistas. Lo curioso, es que lo mismo se piensa en Paraguay con respecto a Bolivia, esta es la realidad".
La lectura de este comentario, me reafirmó en la idea de la necesidad de buscar la dilucidación y el esclarecimiento de los equívocos históricos, para bajar la temperatura y eliminar la fiebre de los chauvinistas. Si no hubiesen otras actuaciones, sólo el recíproco análisis de hechos y antecedentes, durante nuestras largas jornadas de trabajo, justificaba este encuentro.
No sólo se cumplió el extenso programa de conferencias. Los profesores bolivianos dictaron clase en varias cátedras de nuestras Universidades, con lleno completo de alumnos y cumplieron al margen de los actos formales, jornadas de confraternidad, plenas de emoción y significado. La prensa oral, escrita y televisada, acompañó todos los actos con una cobertura sin precedentes.
Todo quedó resumido en el "ACTA DE ASUNCIÓN", firmada en ceremonia solemne, en la que fuera residencia del mariscal.

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Estigarribia y en el escritorio del héroe paraguayo y leal admirador del ejército y pueblo boliviano. Su nieto José Félix Fernández Estigarribia, destacado miembro del Instituto, invitó a suscribirlo con estas palabras: "Con el mismo espíritu con que el Mariscal Estigarribia arrojaba orquídeas al sobrevolar la tumba de paraguayos y bolivianos, al término de la contienda, yo os invito a suscribir este Acta, que marcará el inicio de un reencuentro fraterno entre bolivianos y paraguayos". Un año después, a invitación de los colegas bolivianos, un nutrido grupo de intelectuales paraguayos llegábamos a La Paz, cumpliendo similares jornadas en Universidades y Centros de Cultura de La Paz, Cochabamba, Sucre y Santa Cruz.
Los encuentros comenzaron pronto a dar frutos que serían perdurables. Así lo reconoció el entonces Canciller de Bolivia Dr. Guillermo Bedregal, quien en nota que lo enaltece, al felicitar a los estadistas que nos visitaron por la labor que ellos cumplieron en el Paraguay y refiriéndose al Acta de Asunción, afirmaba: "La invitación que esta Cancillería extendió personalmente al Dr. Saldívar, Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno Guaraní en ocasión de la Reunión de Cancilleres de la Cuenca del Plata celebrada en Buenos Aires, tiene como objeto fundamental, el sentar bases consistentes de fraternidad entre nuestras naciones. En consecuencia, el acto que usted protagonizó recientemente en Asunción, constituye un valiosísimo antecedente que incorporaremos en los temas a tratarse con nuestro distinguido visitante".
Y así fue. En septiembre de 1986, el Ministro Carlos Augusto Saldívar, visitaba La Paz y al año siguiente 1987 el Ministro Bedregal llegaba a nuestro país de visita oficial. El Acta de Asunción, había cerrado el primer capítulo del reencuentro paraguayo-boliviano. La inteligencia de ambos países, había tomado la iniciativa y señaló el camino con planteamientos lúcidos, precisos y valiosos.
Empero, en ocasión de la clausura del encuentro en Asunción realizado en lo más álgido de la dictadura stronista, el Dr. Edgar L. Ynsfrán, nos había advertido: "sin poder de decisión, todo puede quedar en puras expresiones de anhelo; pero si sabemos poner oído y recta interpretación a los sentimientos y anhelos de nuestros pueblos, no podemos sino concluir que éstos se orientan hacia direcciones a las que nadie podrá sustraerse ni torcerlas".
"Una de ellas es el camino de la integración que el instinto geopolítico de nuestros pueblos, de polo a polo, está abriendo para afirmar y perfeccionar la democracia y difícil será hacer integración sin contar con la coherente voluntad política, que alcanza su plenitud con el consentimiento libre de sus pueblos. O sea, que por las adecuadas soluciones políticas nacionales, llegaremos a las soluciones de miras continentales. Y sólo con gobiernos que han sabido acatar la libre y soberana voluntad de sus pueblos, se podrá negociar y conciliar la soberanía de las naciones entre sí, en la ecuánime coincidencia integradora de sus comunes intereses culturales, económicos, sociales y políticos.
Nuestros dos pueblos, tuvieron que transitar aún muchos caminos y vencer duras batallas para ganar su derecho a vivir en libertad y democracia. A partir de entonces, se aceleraron las negociaciones para buscar recuperar el largo tiempo perdido y especialmente a partir de la asunción, con pocos días de diferencia, de los gobiernos del Presidente Sánchez de Lozada y Wasmosy, de dá un impulso decisivo a todas las negociaciones.
El destino quiso que mi misión en esta querida y hermosa tierra, coincidiera con este "tiempo nuevo". En pocos meses, hemos avanzado más aceleradamente que en el medio siglo anterior: la visita de los dos Presidentes y la de ambos Cancilleres; la reunión de la Comisión Mixta y numerosas reuniones técnicas previas a la firma de importantes acuerdos y convenios en los que se concretan proyectos que hoy sí creemos que serán pronto una bella realidad. La Ruta Transchaco, el gasoducto, la hidrovía y un proyecto tripartito en la cuenca del Pilcomayo, el intercambio comercial bilateral y la construcción de obras binacionales conjuntas que utilicen los minerales e hidrocarburos bolivianos y la hidroelectricidad del Paraguay, la cooperación en las áreas de agricultura, ganadería y salud, la lucha conjunta contra el robo de automóviles y el narcotráfico, el intercambio turístico y un amplio relacionamiento cultural, científico y artístico, harán posible que aquel Chaco que un día nos separó, sea el escenario de importantes obras de desarrollo compartido.
Cobra vuelo la imaginación ante las enormes posibilidades que tienen nuestros países si asocian lealmente sus destinos. Como decía Luis Fernando Guachalla, uno de los mejores diplomáticos que tuvo Bolivia en el Paraguay: "Con nuestros adversarios de ayer en una guerra que no debió ser, con ese hombre hemos de labrar, si nos asiste la sabiduría, la estrecha asociación de nuestras patrias preteridas. La vieja Audiencia de Charcas y la antigua Gobernación del Guairá, sellarán algún día en las márgenes del legendario río de los Paraguaes y Guicurúes, la unión de nuestros destinos solidarios sobre una amistad nacida en los campos de batalla.
Paraguay y Bolivia, estamos unidos por la geografía y la naturaleza; y, en ambos países, tenemos el deber de conocernos y la obligación de comprendernos para aspirar juntos a un destino mejor. Sólo juntos podremos emerger de la pobreza; solo juntos podremos equilibrar las asimetrías que existen en la Cuenca del Plata, aumentando nuestra capacidad de negociación. Juntos dejaremos de ser área de antagonismos, para ser área de convergencia y de encuentro, de paz y de seguridad sudamericana.
Tenemos que construir los umbrales del futuro y debemos lograr una nueva era de unión en paz, democracia y libertad, actuando sin temores, sin celos ni recelos. Como nunca en la historia, las condiciones morales, culturales, políticas y económicas, nos indican un destino de auténtica integración.
Recientemente escribió Alain Touraine, que el Siglo XIX estuvo dominado por el poder del capitalismo, cuyo centro era la City de Londres y que el Siglo XX, en cambio, ha sido el Siglo de los Estados. El primero estuvo dominado por la economía, el segundo por la política. Esto nos lleva a pensar que nuestras respectivas historias fueron escritas sobre estas falsillas de los respectivos determinismos y que nuestras políticas también estuvieron regidas por ellos.
Ello relativiza en gran medida nuestros desaciertos histórico-políticos porque aunque mortifique su empaque nacionalista, los países periféricos han sido mucho menos soberanos en sus decisiones esenciales de lo que los mismos creen. Lo que al final, mirando retrospectivamente es bueno, pues nos enseña que ha habido entre nuestros Estados más animosidades postizas que verdaderas y que estamos a tiempo para dar el fraternal giro copernicano que la modernidad espera de nosotros.
Queridos colegas académicos, embajadores, amigos bolivianos: hoy nuestra es la tarea, de nuestros hijos será el porvenir.


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